Navio errante
Según cuenta la historia, la cual no se sabe muy bien sus orígenes, hubo un hombre naufragado en una isla desierta, se sentaba en la playa contemplando el mar, escuchando el romper de las olas al llegar a tierra, mirando al horizonte e imaginándose que habría detrás de él, veía barcos pasar pero ninguno seguía el rumbo de su isla, tan solo un barco con una rosa azul como insignia de su pabellón, repetía la misma ruta una y otra vez al atardecer, tantas veces lo veía que se preguntaba que rumbo tendría esa carabela, cual sería el destino que seguía, quien podría llevar como insignia en su palo mayor esa bandera y si alguna vez por azar o por destino su rumbo se desviase lo suficiente como para llegar a aquella isla y ser rescatado.
El navío que siempre repetía la misma ruta estaba gobernado por una dama. Era una nave errante, sin rumbo ni destino, eludiendo cualquier contacto con tierra firme, cobijándose en la protección y tranquilidad que el mar le proporciona, aquella dama sumida en sus pensamientos, en la popa, admirando la inmensidad del mar, todas las tardes veía a lo lejos un pequeño islote que parecía estar habitado por alguien.
Llegó una tarde en la que aquel hombre, siempre mirando al mar, observó que el rumbo del navío de la rosa azul cambió, llevando una ruta más próxima a su pequeño islote. Entre los amarillos y naranjas de aquel atardecer pudo descubrir una silueta femenina, una mujer en la popa del barco, mirando hacia la isla, distinguió como el viento ondeaba sus cabellos. Pudo ver por un momento su sonrisa, le pareció como si ella sonriera para él, creía reconocer aquel rostro, ¿como era posible?, no la había visto en su vida, pero le trasmitía tantas cosas..., era una sensación extraña pero a la vez le daba tanta paz, que no podía apartar su mirada de ella. Cada vez se acercaba mas, cada vez podía sentir como si le hablara, sin hablar, ella a su vez quería decirle tantas cosas...que se agolpaban en su mente.
Por un momento, como si sus pensamientos fueran los mismos, se saludaron, en esos instantes no existía nada más, solo él, ella y la inmensidad de aquel mar que observaba como un espectador más, ni el viento quiso romper ese momento, parecía que todo se hubiese parado. Pasaron largas horas así observándose, hablando sin hablar, no hacia falta nada más, para ellos el tiempo no tenia sentido, el viento hizo de nuevo aparición y el barco siguió su rumbo, no hubo despedida, porque cada día a esa misma hora tenían su encuentro, pasaban horas conversando, no tenían silencios, porque todo lo que hablaban era común para los dos, coincidían en tantas cosas que asustaba, era algo mágico, inexplicable, pero ese instante era solo de ellos....
El final de esta historia es una incertidumbre, unos cuentan una cosa y otros otra, pero lo bonito de la historia fue cada atardecer que se veían, se miraban y hablaban sin necesidad de articular palabra.
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